Los ancares, una reserva muy especial

Entre los años 70 y 80 los gallegos descubrieron Os Ancares. Les fascinaron los reportajes periodísticos que contaban que allí quedaban, todavía, aldeas sin luz, cabañas prehistóricas en las que convivían personas y animales, pueblos sin carreteras aislados en invierno por la nieve, tecnología agrícola barrida de Europa hace 200 años… y la montaña, los bosques autóctonos inmaculados, valles profundos y picos inaccesibles. Flora variada y fauna única en Galicia: ciervos, rebecos e incluso osos. Nacía el mito de Os Ancares. Un destino turístico de ida y vuelta en el día si se quiere, pero que empuja a quedarse, siquiera un fin de semana. Un baño de naturaleza y antropología facilitado ahora por el asfalto, las señales y la incipiente hostelería.

Los hiperactivos grupos ecologistas gallegos propugnan que 60.000 hectáreas de esta caída de la cordillera Cantábrica repartida administrativamente entre León y Galicia sean declaradas parque natural. Hoy por hoy la protección se limita a una Reserva Nacional de Caza, con la que no se pudo impedir que los osos desapareciesen de estas montañas. En los dos o tres últimos años ha sido vista alguna pareja, que se adentra procedente del cercano parque natural asturiano de Muniellos. Ahora, la Consellería de Agricultura posee una finca de 150 hectáreas destinada a un programa de recuperación del oso pardo.

Pero no son los osos, sino los ciervos, los que dan nombre a municipio lucense al que pertenecen las 130 aldeas de Os Ancares gallegos: Cervantes. En total, poco más de 2.300 habitantes, según el censo de 1991. Sólo un tercio de los inscritos después de la guerra civil. En los años 60, cuando se abrieron las puertas de la emigración, los jóvenes huyeron en masa del atraso y la miseria, especialmente con destino al cinturón industrial de Barcelona.

Desde Becerreá

El punto de partida para entrar en Os Ancares es Becerreá, un pueblo situado en el kilómetro 459 de la carretera N-VI – que enlaza Madrid con A Coruña, una vez bajado el puerto de Pedrafita do Cebreiro si se procede de la Meseta, o a 42 km. de Lugo si se llega desde el Norte.

Para disfrutar a fondo de Os Ancares es muy recomendable pasar alguna noche en el albergue o en los dos hostales existentes en San Román y en Piornedo. En cualquier caso, la ruta aquí propuesta puede realizarse tranquilamente aprovechando una jornada, puesto que se trata de descubrir un círculo de aproximadamente 130 kilómetros para regresar a Becerreá. Hay que proveerse de gasolina antes de salir de esta villa, puesto que no dispondremos de gasolinera hasta Navia (kilómetro 100 aproximadamente del recorrido).

Por la carretera que une Becerreá con Navia de Suarna, llegamos, a 9 Km a Liber. De este pueblo parten consecutivamente dos ramales a la derecha que se sumergen de lleno por los valles y estribaciones de la sierra para volver a confluir en la aldea de Degrada. Son 40 Km si se toma el primer desvío, un itinerario bajo por Doiras y Cela, ó 33 Km si se toma el segundo desvío, que tras pasar por un paradisíaco refugio pesquero sigue hacia la capital del municipio, San Román de Cervantes (hay hostal y restaurante) y sube después por la carretera más alta de Galicia.

Nada altera la paz infinita de los valles y las montañas. Naturaleza en estado puro y, muy de vez en cuando, el cruce de algún vehículo. Desde estas carreteras secundarias se accede, a veces por pistas sin asfaltar, a recónditas aldeas clavadas en las laderas.

Los lugareños sobreviven básicamente del ganado, por lo que abundan los pastizales, al lado de grandes áreas de matorrales con brezales, xestas (ginestas), arándanos, carqueixas (carquesias) y piornos, especie de retama autóctona.

Predominan los bosques de carballos (robles), algunos de ellos con cientos de años y con nombre propio. El viajero se encontrará también formaciones de castaños, tejos, fresnos, abedules, avellanos, pino de repoblación y acebos. En los valles, alisos, sauces y álamos.

La ruta aquí propuesta puede realizarse tranquilamente aprovechando una jornada, puesto que se trata de descubrir un círculo de unos 130 kilómetros, donde nada altera la paz infinita de los valles y las montañas.

El número de ciervos que había en la reserva ha descendido de forma notoria al igual que, en menor medida, el de rebecos. En cambio, se observa una alta densidad de corzos y un número estable de lobos y de zorros. Abundan otros mamíferos como ginetas, gatos monteses, nutrias, jabalís, garduñas y quizás los últimos ejemplares gallegos de martas.

En un paraje como Os Ancares son obligatorios los prismáticos para contemplar, por ejemplo, los vuelos majestuosos de águilas, halcones, azores, gavilanes, etc… con un poco de suerte podremos contemplar, en tierra, las evoluciones de algún urogallo, especie protegida y mascota de la reserva.

Ésta presumida ave, de mayor porte que el gallo, muestra una particular forma de ligar, haciéndole un curioso numerito a la hembra, una especie de danza a su alrededor. Siempre al amanecer y, por supuesto, antes de cubrirla.

Por Doiras

Volvamos al itinerario. Por la ruta baja, la que va por Doiras y Cela, nos encontraremos uno de los escasos monumentos de esta excursión. La Torre de Doiras, de propiedad privada y no visitable en la actualidad, es un típico castillo roquero cuya estampa domina y singulariza esta parte de la sierra. Data del siglo XV y perteneció a señorío de Diego Osorio. En este castillo – cuenta la leyenda – vivía la doncella Aldara que un día desapareció misteriosamente. Pasados los años, un día, su hermano Egas abatió, mientras cazaba, un magnífico ejemplar de ciervo. Como no podía cargarlo, le cortó una pata, la guardó en el zurrón y se fue en busca de ayuda. Cuando quiso demostrarle a su padre el tamaño de la pieza, la pata había cobrado la forma de mano y lucía un anillo de Aldara. Padre e hijo acudieron presurosos y comprobaron con horror que el animal abatido por una ballesta en el corazón había recobrado ahora la figura de la doncella. Un encantamiento la había convertido en una cierva.

Cercana a Doiras encontramos la aldeíta de Vilarello da Igrexia, en donde algunos estudiosos han situado el origen de la familia de don Miguel de Cervantes Saavedra. De aquí sería originario el segundo apellido del genial autor de Don Quijote de la Mancha, cuyo capítulo treinta y nueve – considerado autobiográfico – comienza con estas palabras: “En un lugar de las montañas de León tuvo principio mi linaje…”.

Contemplar recortados en el horizonte los picos más importantes de Os Ancares: Pena Rubia, Tres Bispos, Crono Maldito, Mustellar, Cuiña (el más alto) y Miravalles.

Por Sete Carballos

Si llegamos a Degrada por la ruta alta, pasaremos al alto de Sete Carballos, un punto ideal para contemplar recortados en el horizonte los picos más importantes de Os Ancares: Pena Rubia, Tres Bispos, Crono Maldito, Mustellar, Cuiña (el más alto, con 1987 m.) y Miravalles.

En Degrada convergen, las dos carreteras y enseguida aparece Campa de Braña, un cruce de caminos custodiado por dos mesones. Punto obligado de refrigerio y avituallamiento a 1.178 m. de altura. Desde aquí parte la carretera a Piornedo y un ramal de un kilómetro que sube al albergue, buen sitio para comer y dormir barato. Estamos en idóneos puntos de arranque para excursiones a pie. En este caso es muy recomendable proveerse de mapas adecuados, algunos de los cuales pueden conseguirse en el propio albergue.

El recorrido en coche desde Campa da Braña a Piornedo (18 Km) es tan bello como sinuoso. La carretera discurre por ambas laderas del pequeño valle del río Ortegal. A dos kilómetros y medio de Campa da Braña veremos un sendero a la derecha que sube a la cercana Campa de Barreiro, donde está la Fonte dos Namorados y donde se celebra la fiesta el tercer domingo de julio. En esta misma ladera del valle del Ortegal la carretera pasa, antes de llegar a la orilla del río, por el Abesedo de Donís, la zona en la que tenemos más posibilidades de vislumbrar una pita de monte (urogallo). Cruzando el río por Ponte de Vales en una bella zona boscosa, remontamos la otra ladera en busca de Donis y Piornedo.

Las pallozas

Las pallozas tenían la gran virtud de aprovechar al máximo el calor para afrontar los terribles fríos invernales de la montaña.

Ninguna guía que se precie deja de contar el día que la aldea de Donís entró en la historia por la puerta grande. Fue en 1873, cuando, hartos de la humillación de tener que pagar impuestos siendo pobres, los vecinos encerraron en una cuadra al recaudador de impuestos, al tiempo que declaraban la República Independiente de Donís. El desahogo duró el tiempo que tardó la Guardia Civil en liberar al funcionario y restaurar la unidad del Estado. Curva pronunciada a la derecha y una subida acusada pone al viajero en Piornedo.

Piornedo no es la única aldea en la que quedan pallozas, pero sí la más famosa. Las pallozas son cabañas prerromanas habitadas al alimón por humanos y animales y que estuvieron en servicio hasta hace sólo diez años.

La pobreza y simplicidad de hace unos años es ahora visitable por un precio simbólico. Alguna palloza se ha convertido en museo etnográfico y otras son mostradas por los vecinos. Se conservan tal cual, con los cachivaches que para el viajero estándar corresponden al tiempo de la abuela, pero para los habitantes de Os Ancares fueron medios de vida hasta ayer mismo.

De estructura circular u oval, las pallozas tenían la gran virtud de aprovechar al máximo el calor para afrontar los terribles fríos invernales de la montaña. Ni siquiera se les habilitaba chimenea, porque se consideraba benéfico el humo de la lareira que, en todo caso, iba filtrándose por la cubierta vegetal. Únicamente los padres disponían de habitación independiente. Ahora Piornedo ofrece un hostal moderno y también cantina con alojamiento con categoría de turismo rural.

Desde Piornedo tenemos la opción de regresar por la misma ruta al punto de partida o contemplar el círculo propuesto al principio pasando por las aldeas (leonesas) de Suábol y Balouta – también con pallozas – y después, siguiendo una bonita carretera por el cañón del río Balouta, salir a Rao y a Navia de Suarna, municipio nuevo en Galicia, de 2.000 habitantes que, desde hace décadas, viven bajo la espada de Damocles de un proyecto para construir un embalse, en cuyo caso el pueblo quedaría anegado. La foto de Navia ha de encuadrar su puente medieval, de gruesos muros, a los pies de lo que fue el castillo de los Altamira.

Una sinuosa carretera une esta localidad con Becerreá (29 km) siguiendo el curso del río Navia, con numerosos cotos pesqueros y lugares para el paseo, si es que al cabo de una jornada tan intensa quedan ganas y fuerzas.